sábado, 12 de marzo de 2011

Mauro

Mauro abre los ojos. Un ruido interrumpe su sueño. Mira a su izquierda y el despertador rojo lo mira de vuelta. El ruido insiste. El brazo de Mauro se aleja del despertador, toma impulso, se tensa. El despertador rojo lo nota y se asusta. Aguanta el aire, sabiendo que su existencia depende de que no se le escape ni el más ínfimo suspiro, la más muda campanada. Los ojos sostienen la mirada del otro. El hipo irrefrenable del despertador lo agita, y él no necesita sentir el manotazo de Mauro para saber que está muerto en una explosión de tuercas, aceite negruzco y un último y patético ‘ring’. Mauro siente alivio. Luego, soledad.


Flexiona abdominales y toda clase de mecanismos internos arranca en su cuerpo. Gira noventa grados y los pies tocan el suelo. Camina hacia el baño mientras se limpia la sangre de despertador rojo en los calzones. Se los saca antes de salir del cuarto.

Entra al baño, enciende la luz y se mira en el espejo. Acerca su cara al cristal para que sus granos se vean claramente, con la esperanza de que se espanten a sí mismos y decidan desaparecer, pero los granos se inflan con amor propio hasta reventar. Mauro embriaga sus heridas y enciende la ducha. Cuando el agua está humeante, lanza su cuerpo al torrente. Se acostumbra gradualmente a la temperatura: le duele, le molesta, le es indiferente, le gusta. Se masturba buscando sensaciones de su último sueño erótico. Encuentra un instante concreto en los restos del sueño, lo revive una y otra vez, usándolo total y absolutamente, haciéndolo viejo y conocido, anticuado, obsoleto. Cuando eyacula, deja que el agua se lleve el recuerdo, insatisfecho.

Luego de bañarse, Mauro se seca. El único momento en que alguna parte de su piel no siente frío es cuando la toalla la acaricia, secándola. Se viste con la ropa que encuentra en su armario. Se pone los zapatos y camina a trancos hasta la cocina. La cafetera está escupiendo café, que se llora a sí mismo por las quemaduras que sufre. La tostadora tuesta el pan, que sostiene un aullido sordo de torturado. Cuando está todo listo, Mauro toma el café espeso y mastica el pan crujiente. Se detiene unos segundos para pensar en la impotencia que deben sentir sus víctimas y casi siente empatía por ellas, hasta que suena la alarma de su celular: es hora de irse.

Mauro espera en la parada al colectivo con un conocido de la escuela. Es uno de los protegidos del árbol de loto, un lotófago. No hablan mucho. El lotófago no ha probado fruto desde hace días y empieza a ver la vida con ojos más sobrios. No le gusta; lo aterra.
El día aún no hace acto de presencia. Se acerca el colectivo, una gran bestia de ruedas y acero gris. Mauro y el protegido del loto pagan por ser devorados por ella. Se sientan juntos sin saber bien por qué. En todo el trayecto, no se dicen nada y apenas recuerdan la presencia del otro. Mauro le quita importancia a lo que ven sus ojos por la ventana del colectivo y le presta más atención a lo que escuchan sus oídos. Éstos reciben música artificial de auriculares, como las plantas de invernadero reciben luz artificial de lámparas que se hacen pasar por el sol.

El lotófago no piensa sino en los frutos de su árbol padrino; y la ansiedad crece.
La gran bestia gris se acerca a la parada de Mauro y el lotófago. Se levantan y tocan un timbre chillón que empuja al colectivero un terrible paso más a la locura. Se acerca a la parada y, con un gruñido y el crujir de aceros, la bestia gris los escupe sobre la acera. El protegido del loto aterriza primero y empieza a caminar hacia la escuela, rápido y nervioso. Mauro decide caminar a su propio ritmo y, a medida que se acercan a la escuela, la distancia entre ellos crece. El sol todavía no alumbra del todo cuando llegan.

Los últimos veinte metros, el lotófago muestra el máximo de su desesperación y atraviesa a galope la entrada de la escuela. Llega al patio y se abalanza sobre el gran árbol que crece en el centro. Ya hay un par de protegidos ahí echados; él estira el brazo y se les une. Al consumir su fruto, el tiempo, que marchaba a un ritmo dinámico, se vuelve perezoso. El lotófago sonríe por la familiaridad y comodidad de este mundo, de este ritmo, le salen hojas del pelo y raíces de los pies, su piel se va haciendo madera y trata de no pensar en lo insulso que se siente todo comparado con la primera vez que probó el fruto de su árbol. Cuando Mauro llega, ya es un extraño para él.

Mauro decide ignorar la flora y fauna estudiantil y, en el camino a su aula, esquiva compañeros que se hacen caballos, a otros que sudan luces frenéticamente y a otros que se hacen infinitos en uno, espejo del espejo del espejo del etc.

Sentado en su banco, Mauro espera a que toque la hora de salida. A medida que pasa el día en el aula, va dejando de ignorar concientemente lo que pasa a su alrededor, ya no hace falta, cada vez lo ve menos. Ya no hay pulmones que exhalan fuego, ni sueños que se estrellan contra las ventanas, ni fornicadores vicarios*, ya no hay gente que ignorar.
Mauro se levanta y no hay nadie. Sólo él y sus objetos.

*traducción aparente de la palabra vicarious, del inglés.
vicarious: Felt or undergone as if one were taking part in the experience or feelings of another.

3 comentarios:

meli dijo...

Buenísimo !

pablo dijo...

al final leiste algo de arlt? seguro que si, si no tengo que pasarte los siete locos

muy bueno

Andrés M dijo...

está súper bueno, tiene unos pasajes tremendos. Y no es por decir.

enhorabuena, seguí así :)