Me imagino una sala llena de adolescentes bailando en parejas
muy pegaditos
como si fuese un lento de los ochentas.
Los veo cerrar los ojos
dando diminutos pasos ciegos
que lloran por alguien que los tome de la mano
y les dé alguna dirección.
Escucho la confesión de sus movimientos
la entrega absoluta de sus cuerpos
el aferrar desesperado de los brazos
que dice, en crescendo con la música,
en una carrera ensordecedora de llamas
que amenazan con consumirse y dejar la sala a oscuras,
el aferrar que grita
te amo me/odio te amo me odio te amo
me odio te amo _me odio te amo me odio
te amo me odio te amo/ me odio te amo
me odio te amo me odio te_amo me odio
te amo me odio te amo me odio/
hasta que se queda sin aire
y los mocos y los ojos llorosos están saturados
y necesitan descansar.
Y al final de la canción
cuando se asienta el silencio
y los pasos no ruegan
y los abrazos no hablan
todas las parejas se sueltan
sin saber dónde dejar
la mirada sin saber
dónde guardar las manos
parados incómodamente
al frente de su compañero
hasta que uno decide irse
sin animarse a decir ni adiós.
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