jueves, 2 de diciembre de 2010

Irene, la encantadora

Te veo saltar entre el mar de personas, la oleada de gentes, yendo y viniendo a tu gusto, como si los caprichos de la marea fuesen los tuyos. Y quizás lo sean: siempre te fue fácil manejar a los hombres, provocar la sumisión a tu voluntad, forzarle el despojo de la dignidad a los corazones más aguerridos del orgullo, todo sea por que tu boca se tuerza en una sonrisa, tus dientes se muerdan el labio inferior y tus ojos prometan la mejor mamada de la historia, síntesis imposible entre la voluptuosidad de todas las pornos jamás hechas y la honestidad pura del primer amor de un huerfanito.

Te veo bailar entre las masas, moviéndote a tu ritmo. La música suena —trajeron a una banda importante, una extranjera—, pero nadie la escucha. Todos tratan de esbozar tu canción, siguiendo tus pasos sin saberlo, tratan en vano de entrever el manual de instrucciones con el que orquestas todo este caos. Y en el medio estoy yo, paralizado, como un niño que no juega porque no puede ganar, pero que quiere el premio de cualquier manera. A veces, me decido por cortarte el baile y clavarte un beso por la fuerza, ir hasta donde estás y agarrarte violentamente de las mejillas, arrancarte la careta en un estampado de labios y basta de tus fuegos artificiales; otras veces, decido irme a la mierda, perder mi celular y no verte nunca más, Irene la encantadora; pero siempre que doy un paso, la prepotencia física de las masas encantadas me devuelve a mi lugar y tú te das vuelta y me miras, te ríes jocosamente y sigues bailando con la naturalidad con la que pones al mundo a tus pies. No sé si estarás al tanto, pero lo tuyo no es simple histeriqueo, ni siquiera brujería. Lo tuyo eclipsa hasta a las sirenas. Esta magia que conjuras es un suicidio dulce y lento, el placer de la autodestrucción. Me estás suicidando y no sé cuál de los dos lo disfruta más.

1 comentario:

meli dijo...

cada tanto lo leo, te juro. tipo, veo ese mail y lo leo.