viernes, 17 de junio de 2011
Bondi porteño
El bondi es noble en el gemido de sus frenos. Recuerda una vida pasada de proporciones monumentales, de viajes inmortales aplastados entre el océano, el cielo, como una gota estirada ante el peso imbancable de dos perfectas placas de acrílico: una traslúcida y celeste; otra, espejito de esa, empujando, sin querer y sin saber, a esa gota monumental de férrea terminología, de popa y de proa, de sentina y de quilla, empujándola, al fin, hacia el astillero, al desbaratadero, donde se le encuentra un uso nuevo a lo que es viejo y donde la casualidad encontró –si no es invención mía– que el corazón eterno de un buque de hierro, antes encarnado en el rugir de su cuerno, cabe en la simple falta de aceite de los frenos de un bondi porteño.
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