Estaba viendo unas fotos, no, una foto mía con Elizabeth, la perra que teníamos (palabra puramente denotativa, en este caso) y me acordé de una conversación que tuve con Nacho en la que, cuando seguía siendo vegano, le preguntaba quionda con las mascotas, es decir, cómo veía el veganismo a las mascotas. Me dijo que bien, que era un tema de compañerismo. Se me imprimió esa percepción de las mascotas. Compañerismo. La siento tantas cosas que la linealidad de la lengua no me permite transmitir (siempre hablo de las limitaciones). Y entonces, cuando el muy turro se consigue un perro, ¿qué hace con su buen compañero? Lo encierra. Y se cabrea porque ladra mucho. Es un cachorrito, está lleno de energía (encima es un galgo, una bestía mítica, corredor del Sahara en tiempos de imperio egipcio y de hipódromos que no son hipódromos porque esos son sólo para caballos, pero son la misma cosa) y el hipócrita lo encierra. Y por esa gracia, el perro me rasguñó mi camisa amada, la que heredé de mi padre después de 20 años de uso, me la desgarró y ahora sólo me quedan las...telas rotas? Andá a cagar.